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lunes, 7 de septiembre de 2009

1926


El Sacro Imperio Romano se extendía por la Europa Carolingia sobre un mapa que ya distaba mucho, en semejanza, con el del antiguo Imperio Romano.
Mucho después de la victoria de Carlos Martell e incluso después de Carlomagno, en los tiempos del reinado de su nieto, Carlos el Calvo, resultó que un Conde, Guifredo el Velloso, reunió bajo su gobierno los condados de Barcelona, Urgell, Cerdaña, Besalú y Gerona.

Ya en el siglo VII, el Islam había iniciado una rápida expansión desde Arabia en dirección a Jerusalén, Antioquía y Damasco llegando al Sur de la Península Ibérica y al Norte de África. Ocurrió, sin embargo, que en el 732 un ejército comandado bajo las órdenes de un franco logra frenar la expansión musulmana hacia Europa.
Se inicia, así, la época carolingia, también conocida como el Sacro Imperio Romano, con los sucesivos reinados de Pipín el Breve, Carlomagno, Luís el Piadoso y Carlos el Calvo. Suceden en este período hechos como la creación de las Marcas (como estrategia militar de defensa que impone la demarcación de las fronteras de un territorio), la aprobación de la Capitulare Monasticum (como reforma del Monacato) y se crea, además, una nueva y firme alianza entre el Papado y los reyes francos (obteniendo la Iglesia un freno a la expansión musulmana y una garantía de cristianización de los territorios que va conquistando el Imperio).

Dice la historia que gracias a una victoria de los francos sobre los Normandos, conseguida por la intervención de Guifredo el Velloso, Carlos el Calvo obsequia al Conde con un escudo con el fondo de oro.
Cuenta la leyenda que el mismo Rey pintó, con los dedos manchados de sangre de las heridas del Conde, las cuatro barras rojas.

Hubo una vez un hombre al que prendieron, le velaron los ojos y disparáronle a un tiempo unos veinte o treinta tiros. Resultando que en no estar del todo muerto le asisten el golpe final de fuego justo a medio camino del cielo.
Y este hombre escribió una vez:
“Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro rayen el corazón de Cataluña eterna”. El mismo que habló sobre la sangre derramada desconociendo el negro de la muerte dormida que lo custodiaría.

Federico García Lorca descansa en el lugar donde la Muerte conduce a aquellos que desaparecen antes de llegar su verdadero tiempo. Es un sitio junto al mar, próximo a Cadaqués. Si bien no es el lugar donde uno puede hallar restos de su carne mortal si es el espacio donde mora su espíritu cuando vuelve de visitar su Granada natal.

De todo esto sólo puedo decir que si alguien se dirige a mi, vinculando de nuevo el origen de la bandera Catalana a la Casa de Aragón, no conseguirá que cale en mi la historia, imponiéndose como se imponen en mi corazón la leyenda y la poesía.

“Y la Muerte vencida se refugia temblando
en el círculo estrecho del minuto presente”

domingo, 30 de noviembre de 2008

Diario del viajero (La lección suprema)


Pensamiento mio ve a buscarle; si se niega a venir contigo, pensamiento quítale el alma y si acaso te pregunta quién, dile que soy yo la que te manda. Si te dice que me está olvidando dile que no me importa que se divierta porque puede que llegue el día en que se arrepienta.

Querido Luca, dueño de mi alma,

No se, si alguna vez te has preguntado, como yo, qué esperar ya de la vida. Hubo un tiempo en que no teníamos idea de nada; probablemente, si alguien nos hubiera preguntado entonces, ambos hubiéramos contestado: sólo estamos soñando.
Supongo que cuando decidí involucrarte en la mía, para poder evitarte las consecuencias de lo que suponía sumergirse en mi inconstancia, debí haber limado primero las muescas de mi identidad. Durante 26 años he interpretado el papel de la metamorfosis. Cada vez que algo bueno llamaba a mi puerta me asustaba lo suficiente como para arruinarlo. Me sucedió contigo y me ha sucedido siempre. Tal vez, nunca haya sabido cómo afrontar la felicidad.
Alguien me dice, de vez en cuando, que sigo soñando pero yo noto perfectamente como el aire frío de Barcelona se mezcla con el florentino para golpearme. Debe ser un sentimiento aún real que duele.
Cuando miraba a través de tus ojos temía pensar que escondías la verdad de tu corazón al mundo. Antes creía que lo hacías para defenderte porque eras como esos vagabundos que erran con un bagaje tan sensible que viven el dolor y el amor con una intensidad tal que los vuelve vulnerables. Creía que ocultabas la profundidad de tu alma para esconder esa debilidad. Pensaba que sufrías y amabas en silencio porque enfrentarte a la vida con aquella máscara de frivolidad te fortalecía para enfrentar los problemas que derivaban de tu cotidianidad.
Sin embargo, conocerte desarrolló en mí una empatía que me llevó a identificar mis miedos a los tuyos. Es posible que la cuestión se reduzca a tu retorcida bondad u honestidad. Tu personaje externo, ese que día a día da la cara para afrontar a las personas que te rodean y aún a las que amas no sea, en realidad, el protagonista. Quizá es sólo un antagonista cínico que se esfuerza por hacer felices a los demás. El problema era que, a menudo, no sabías calibrar los riesgos del papel que jugaba ese villano superficial y algunas veces se desnudaba para que algunos “elegidos” pudieran ver más allá del disfraz. Un tú interno y verdadero que no es más malo ni menos bueno que el otro, sino uno altruista y egoísta a la vez; uno que sólo te permite compartir lo que sientes contigo mismo.
Y ese fue tu error, pues si fue el Luca externo el que me acercó a ti, fue dejarme conocer al Luca interno lo que me llevó a enamorarme de ti. Era como si al echar un simple vistazo sobre ti pudiera ver a un hombre bueno. Al mirar, en cambio, aquello que tratabas de esconder encontré unos sentimientos, una pasión y una forma de ser que te hicieron irreemplazable.
Puedes creerme si te digo que, aunque he conocido desde entonces a muchos otros hombres buenos, al rascar su coraza en ninguno he logrado encontrar un alma tan perfectamente dibujada como la tuya. Y si el sentido del cambio sobre mi (tan inconsistente y variable) del que al principio te hablaba, alguna vez tuvo un significado más vacío, fue aquel que le diste tú. Soy la única que ha definido lo mutable de mi identidad, pero si en mi corazón hubo momento alguno de mayor definición, fue el instante en que el tuyo completó el mío.
He comprobado que mi convulsa personalidad siempre me ha llevado a perder lo mejor que he tenido. Sin embargo, hay algo que ni el tiempo podrá hacer nunca desaparecer; unas huellas que aunque poco a poco se van difuminando, cicatrizaron el amor por ti en mi alma hace ya 8 años para mantenerlo vivo. Unas heridas que se resienten cada vez que ese viento frío me golpea y que permanecerán ahí, secretas e imborrables para siempre.

Lo único que pido pues, a ti, dueño de mi alma, es que tu corazón nunca me traicione ni culpe a otros por nuestros errores.

Danielle.

Diario del viajero (La cobardía de Polifemo)


Tras la discusión y la posterior reconciliación las cosas entre Danielle y yo se hicieron... complicadas.

Marcos, el exnovio, irrumpió de nuevo en escena provocando unos destrozos que yo, por mi parte, convertí en irreversibles. En aquellos momentos, justo como haría hoy, hubiera dado mi vida por ella y, sin embargo, me comporté como un egoista malnacido. Esa "indiferencia" de la que Angélica gusta en acusarme hizo que se la entregara al gilipollas en bandeja de plata.

Ni siquiera cuando Danielle me contó que se habían acostado pude hacer nada por reprochárselo. En cambio, adopté un irracional sentido de la venganza que me llevó a emborrachar a Angélica. Lo que sucedió después, aún siendo grotesco y caricaturesco, fue tan cínico y maquiavélico que nunca más he logrado perdonarme por ello.

Al llegar Danielle a casa aquella noche, Angélica, sobre mi cama, gritaba de placer mientras yo la tomaba por detrás. Afortunadamente, no llegué a verla, pues de haberlo hecho su rostro probablemente habría sido castigo suficiente como para condenarme de por vida al recordarlo. Lo único que oí fue el estruendoso portazo de la puerta principal.



Supongo que de tanto amarla, la perdí. Nunca más, aún y sabiendo que jamás volvería a amar a ninguna otra mujer como a Danielle he osado tan siquiera hacer nada por recuperarla. Tal vez, por esa misma cobardía que me llevó a actuar con pasividad cuando debí haberle hecho sentir cuanto la amaba y todo lo que habría estado dispuesto a hacer por mantenerla a mi lado.

Nunca más... Luca el cobarde y Danielle, un todo de fuerza y valentía.



Han pasado ya 8 años desde que me abandonó, pero hace un par de días recibí una carta remitida desde Florencia.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Diariodelabasura.elblogylamierda.com

Diarios del viajero son relatos pobres con escaso o ningún valor narrativo que me han permitido explorar el terreno de la historia novelada. Tras comprobar que mejor es limitarse a analizar y escribir sobre arte y otras cosas triviales, estoy gestando para la mini-mierda historieta un final rápido y tonto, pero digno.
En breve...
¿Qué por qué escribo como si fuera a leerlo alguien más que yo? Es por la estúpida idea de que blog abierto a la red = acceso a todos los que navegan por dicha red. Pero lo sé, lo sé, los únicos/as que pueden dar con tres disparos son los que buscan en google: tres / suicidio/ pistola/ disparo... muy alentador, ya...

martes, 11 de noviembre de 2008

Diario del viajero (La inmortalidad del Dios tiempo)


Hacía 18 veranos que Danielle andaba por el mundo causando estragos como aquel; achacados, por otro lado, a lo que definía como un temerario sentido del equilibrio y su belleza era impropia; más bien acomodada a la madurez de mujeres que han aprendido a embellecer los detalles con la edad. Era preciosa, y toda ella parecía formar parte inseparable de aquel pequeño rincón del planeta conocido como Cabo Soprano.

Tardé días en confesar que conocía a la perfección su idioma, pues tantos años en Barcelona me habían proporcionado un asequible conocimiento de la lengua que me permitía defenderme, cuanto menos para comprender en aquel primer instante que se había lastimado el tobillo y que a duras penas iba a poder andar. Así que decidido la tomé en brazos dejando caer los pies por delante y cargando el resto de su menudo cuerpo en mi espalda, a lo que ella respondió golpeando con sus puños mi columna. Pero yo fingía no entender y seguía riendo a carcajadas hasta que llegamos a casa de mis padres.

Mi madre preparó el almuerzo para ambos: un delicioso queso brie que Salvatore había traído de Normandía y que ella aderezó concienzudamente con tomillo y otras hierbas. Danielle nos explicó en un extraño bilingüismo que la hacía conjugar en un italiano pronunciado con claro acento catalán que había venido a Italia a descansar y a estudiar. Dos días después yo descubriría que en realidad se había escapado de los últimos candados que la ataban a una más que consumida relación. Al margen de ello, debo añadir que mi tapadera casi se descubre al conocer mamá el origen de Danielle, pues me dirigió una mirada furtiva que afortunadamente pasó desapercibida a la joven.

Aquel fue el primero de los 29 días que pasamos juntos en Gela y, a pesar de todo, aquello que recuerdo con más cariño fue la primera vez que hicimos el amor en la víspera de mi cumpleaños.
Como cada noche había ido a recogerla a la hostería y como cada noche me había perfumado y arreglado al dedillo sin descuidar nada en absoluto. Lo cierto es que no me reconocía a mi mismo, pues hasta aquel mismo verano, la facilidad con la que conseguía conquistar a las mujeres con las que me acostaba, me permitía si no descuidar mi apariencia al menos sí desatenderla en su justa medida. Lo distinto aquella noche fue que, al llegar, Danielle no me esperaba recostada en la puerta como de costumbre. El patrón de la pensión que engullía a trompicones un plato de raviolis aceitoso y grasiento me comentó que la signorina había salido de excursión por la mañana temprano y que de vuelta parecía agotada. Y fue así que al subir a su habitación la puerta abierta me permitió ver como dormía plácidamente envuelta en una maraña de mantas y completamente desnuda como minutos después tendría el inmenso placer de comprobar.


No sé por qué pero en aquel momento sentí un gran deseo de acariciarla y no pude reprimirme. Al hacerlo se despertó pero tardó aún unos segundos en identificarme. Acto seguido, se incorporó adaptando cada una de las sábanas a su cuerpo para cubrirlo totalmente. Me acerqué a su oído despacio, lo suficiente como para susurrarle que conocía perfectamente el catalán y propinándome ella, rápidamente, una sonora bofetada. Me empujó al suelo y corrió hacia el lavabo para ponerse el camisón y taparse con una bata de gasa roja. Se apoyó contra la pared opuesta a mí, que seguía tirado sobre las baldosas mirando con atención cada uno de sus movimientos. Me puse en pie y fui hasta ella. Ninguno de los dos dijo nada más. Me acerqué hasta que tuve sus labios a unos pocos centímetros de los míos. Los besé tiernamente sin obtener de ellos el más ínfimo ápice de respuesta. Empecé, entonces a besarlos con pasión y desaté la bata con ímpetu; deslicé los tirantes del camisón hacia abajo y la gravedad hizo el resto quedando Danielle totalmente desnuda ante mí.

Aquel cuerpo me hizo perder la razón. Era como si yo, el consagrado historiador de arte; el exitoso restaurador hubiera sido desarmado por la imagen desnuda de la ondulante perfección de sus curvas. Lamí su cuello y sus orejas hasta que toda ella se estremeció y la llevé a la cama.Recuerdo que hicimos el amor toda la noche como dos adolescentes vírgenes que experimentaran el placer por vez primera, absorbiendo de él todos los pormenores, derritiendo mi cuerpo dentro del suyo como si el uno hubiera formado parte del otro desde siempre.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Diario del viajero (La aventura siciliana)


Angélica y yo empezamos a acostarnos pero nuestra relación era como un componente intrínseco de nuestro vínculo profesional. Imagino que fue mi primer gran amor aunque siempre mantuvimos una cierta distancia. El problema era que, al empezar a salir con ella, yo aún no había conseguido desintoxicarme de las minifaldas que vestían las jóvenes promesas del arte que acudían a la librería de mi atractiva agente a comprar alguno de mis ejemplares, ni tampoco de la morbosa elegancia de las marchantes de arte que frecuentaban mi galería. Sí, es que la prosperidad tiene eso de que engendra dinero y podrido de vanidad invertí hasta el último céntimo acumulado en la apertura de un gran local para la exposición de piezas artísticas de mediano valor.

Nuestra historia se prolongó cuatro años, justo al empezar yo a rozar el hastío por todo y cuando para ella mis “deslices” de adolescente se hicieron por completo insoportables.

Aquel mismo verano, a puertas de mi trigésimo cumpleaños, cuando rompí con Angélica, y no sólo con ella sino con todo como decirlo… al unísono, volví a Gela para visitar a mis padres.

Recuerdo aquel día como el día del atún. El amanecer y yo abríamos los ojos a la par cada mañana y si algún día olvidaba nuestra cita, a través de la ventana me invitaba a respirar el delicioso olor a mar. El sol se desperezaba justo cuando yo andaba ya a medio camino de la playa; se asomaba tímido y me permitía andar sigilosamente entre la última oscuridad. Pese al frío matutino corría descalzo y descamisado hasta el Cabo. La arena hacía estragos con mis pies y la brisa costera pellizcaba mi piel con pequeñas punzadas. Apenas si podía percibir nada de todo ello; sólo sentía la velocidad y el dolor de mis gemelos resentidos y aún así corría y corría hasta que el paisaje se volvía tan insoportablemente hermoso que mis ojos sufrían por estar malacostumbrados a tanta perfección.

El viejo Salvatore me esperaba paciente al salir del agua con una caña de pescar. ¡buenos días Luca! Me decía tendiéndome el periódico y un par de panecillos tiernos y calientes de los que preparaba su esposa todas las mañanas. No puedo decir con precisión el tiempo que pasaba pescando y nadando, pero lo que si recuerdo es que Salvatore me ofrecía en aquellos momentos, con su charla distendida y jovial toda la compañía humana que deseaba. Eso era, al menos, lo que yo creía porque quiso el destino que una mañana un ángel irrumpiera paseando en aquel Edén.

La primera vez que la vi lucía un vestido blanco de encaje y se frotaba los brazos por el frío matutino. Caminaba haciendo eses por la orilla y de vez en cuando daba pequeños saltos para evitar que el agua helada mojara sus hermosos pies. El viento mecía su larga melena castaña hacia atrás y sus ojos color miel intentaban fijar la vista en algún punto del vasto horizonte. Reí al ver como torpemente trataba de colocar en su sitio uno de los tirantes que jugando a la rebeldía resbalaba una y otra vez dejando al desnudo su hombro izquierdo. En una de las manos sostenía lo que al principio pensé que era un libro y, sin embargo parecía terriblemente pesado. Yo, por mi parte estaba de pie, dentro del agua, incapaz de moverme.

Al acercarse por fin pudo percatarse de mi inesperada presencia. Fue de súbito, probablemente demasiado; tanto que sobresaltada al detenerse en seco apoyó mal uno de los pies cayendo de espaldas y lanzando el tomo directamente al mar. ¡maldita sea! Empezó a gritar, y sin pensarlo se tiró de cabeza y se sumergió para rescatarlo. Al final, por lo pesado que era fui yo quien tuvo que rescatarlos a ambos. De la retahíla de salvajadas y maldiciones que profirió en un italiano bastante pésimo sólo alcancé a entender que trataba de comparar su odisea marina con algún tipo de actividad relacionada con el atún.

Diario del Viajero (La incertidumbre de Ausias March)


Hacía exactamente 14 meses, dos semanas y siete horas que Angélica y yo habíamos roto cuando conocí a Danielle. Por entonces, yo tenía 29 y mi apariencia distaba mucho de la actual. Nunca he sido lo que puede considerarse uno de esos italianos apuestos a los que la patria dota de belleza ya sólo con el primer aliento de vida. Efectivamente, nací en Gela, una pequeña ciudad al sur de Sicilia hace ya la friolera de 43 años.


A punto de cumplir los 30 me encontraba en un estado de amarga irascibilidad. No soportaba a la gente de la que me rodeaba, ni los lugares ni los ambientes en los que me codeaba, aunque supongo que, en realidad, no me soportaba a mi mismo. Siempre he sido alto pero por entonces era corpulento y no flacucho y desgarbado como hoy. De todas las bellas mujeres que atraía a mi cama se podría extraer una opinión diferente sobre aquello que les resultaba atractivo de mí. La mayoría se referían a mis ojos verdes como el mayor de mis encantos; unas lo reducían a la brillantez de mis trabajos y otras incluso apelaban a mis dones en la cama (y eso decían, porque de mis habilidades sexuales nunca he estado completamente seguro).


Abandoné el pueblo al cumplir los 21 y me instalé en la acogedora y a la vez fría, Barcelona. Terminé los estudios de cultura y lenguas clásicas y en un tiempo que denominaron “récord” me licencié como Historiador del Arte. Empecé carrera escribiendo críticas mordaces y satíricas de arte contemporáneo para algunas publicaciones catalanas. Sin embargo, me cautivaba mucho más todo lo físico. Así que, tras doctorarme me declararon como experto en el Renacimiento. Por lo menos eso era lo que decía mi director de tesis pero yo nunca he estado del todo convencido. Y volviendo a lo físico, sentía la imperiosa necesidad de experimentar el arte en el más puro sentido manual; de modo que me especialicé en la restauración de obras de época moderna y ¿Sabes cuando respondes a la llamada adecuada y tiras los dados apostando al 13? Es ese tipo de situación en que si la suerte te sonrie tu fortuna profesional queda resuelta, mientras que si el azar te da la espalda te precipitas al más absoluto fracaso. Se podría decir que lo mio fue más del primer estilo y en un abrir y cerrar de ojos fui contratado por una empresa romana de conservación renacentista.


También me cansé de lo manual; sí, por lo menos en lo profesional, aunque muy poco en lo sexual. Sé que puede resultar vulgar explicarlo de este modo pero es que al volver a Barcelona mis “romances” se sustituían uno tras otro en periodos cortos de dos y tres semanas; tiempo en el que, por supuesto, no me enamoraba de ninguna de aquellas dulces señoritas. Era como si mi gran ego triunfador fuera incompatible con los compromisos. Simplemente, me decía a mí mismo que no podía haber lugar para el amor.


Decidí probar en la escritura. Después de un riguroso libro sobre producción caravaggiesca que me catapultó a la esfera en la que nadaba la élite artística catalana del momento seguí publicando trabajos sistemáticos y analíticos sobre movimientos, autores, estilos… Pronto, en cambio, sí necesité de una agente. La guapa, exigente y brillante Angélica.

lunes, 13 de octubre de 2008

Diario del Viajero (El sueño de Dante)




Cuando abrí los ojos la cama estaba fría así que me acurruqué y me quedé muy quieto, saboreando el olor de su cuerpo que aún seguía impregnado en las sábanas. Estuve viviendo de ese olor durante toda una semana y fue ese, precisamente, el tiempo que tardé en volver a verla.
Al telefonearla no respondía. Cada tarde, me imbuía en la maraña de trabajos pendientes a los que Angélica había etiquetado como urgentes. Escribía hasta que mis manos se resentían y la incertidumbre empezaba a golpearme en las sienes. Abotargado me inundaba de repente una extraña turbación; dejaba el Instituto y me dirigía, así, religiosamente a la Casa dell’ Arte. Era una galería anticuada y de muy mal gusto que Danielle solía frecuentar embriagada de ese absurdo entusiasmo que tienen los estudiantes de Arte y que nunca he llegado a comprender. Me sentaba a esperar. Por entonces, creo que aún leía algún que otro clásico. No estoy seguro pero creo recordar que ojeaba alguna novela a la que no prestaba mucha atención pues en períodos frenéticos de 10 minutos me levantaba y paseaba por las salas mirando de soslayo a las jóvenes que, de espaldas, me la antojaban. Pensaba, al mirarlas, que la había encontrado, me sentía en calma y al acercarme volvía a decepcionarme. Sí, me sentaba y me sentía cansado, había en mí una sensación de soledad a la que temía porque traducía a mi acorchada razón una verdad que me aterraba: la necesidad y la dependencia que tenía de ella.
Podía haber muerto allí esperando, echado sobre el suelo desde donde aquellos Rembrant de imitación me guiñaban el ojillo cínicos y traviesos. Nunca encontré en una falsificación tan mal gusto como en aquellas.

Siete días después me encontraba descorchando una champagne de la Provenze cuando Danielle irrumpió en mitad de mi salón. ¡Qué buena ocasión para celebrar! Pensé. Estaba radiante. Había recortado su castaña melena y vestía un Armani que realzaba sus estilizadas curvas. Advertí que había adelgazado un poco pero no le di demasiada importancia; sólo podía mirar aquellos labios teñidos de un carmín rojo. Era un rojo tan penetrante que sólo podía ser como el de los castigos del Infierno que cuenta la Comedia. La atraje hacia mí con arresto y rodeé fuertemente su cintura para besar aquellos dulces labios. Al separarnos me abofeteó con tanto ímpetu que podría jurar que todavía hoy siento el dolor. Empezó a gritarme pero no la escuchaba. Entre los chillidos logré entender que me juzgaba por inmaduro (que si estas cosas se deben hacer a mi edad…) y que había pasado toda la semana en Verona. Aquellos gritos me parecían tan tiernos como los gemidos que horas y horas después me dedicaba con el mismo frenesí.
Volví a besarla, pero esta vez apreté mis labios fuerte contra los suyos. Al soltarla había enmudecido. Caí de rodillas a sus pies y aún puedo verme sonriéndole como un tonto. No, como un niño. Al descalzarla empecé a lamer sus pies despacio y deslicé mi lengua por sus piernas hasta más allá de donde se perdía la seda de aquella elegante falda de firma. Poco después ella se estremecía y caía al suelo junto a mí. La desnudé con impaciencia como la primera vez y le sujeté los brazos con delicadeza para inmovilizarla. Aquel aroma me devolvió a la vida. Besé sus pechos hasta que borracho de aquel olor y de aquel cuerpo, vencido, empecé a hacerle el amor sobre el suelo; el suelo marmóreo y gélido de mi salón.

jueves, 9 de octubre de 2008

Diario del viajero (el corazón del poeta)


- ¡No me grites Luca!
- ¡No puedo amarte sin amor!
- ¿Quieres mi cuerpo? Toma de él todo lo que quieras, es tuyo. ¿Quieres mis manos? Tómalas. ¿Quieres mis labios? Tómalos. ¿Quieres mis pechos? Son tuyos.
- ¡Ah no! Si quieres mi corazón también te lo daré. Arráncalo y quédatelo. Hace mucho tiempo que no late, no siente, no respira. Es sólo un órgano indolente que va yermando un poco más con cada mañana de lluvia. Si lo quieres desclávalo. Tómalo, guárdalo en tu caja fuerte y cierra bien con llave, para que sólo tú puedas mirarlo. Está muerto. Ni tú conseguirás darle nunca el soplo de vida que necesita.
- Aquí tienes mi cuerpo, dispón de él lo que quieras. Te entrego mi corazón. Aquí lo tienes, en la mano, frío y vacío. Puedes destrozarlo de nuevo si así te place. Pero ah, lo que tú quieres es tenerme. Me quieres a mí. Pero eso es imposible, ya lo sabes. Nunca te he engañado porque lo has sabido siempre.

Mientras Danielle hablaba lloraba. Se había vuelto a derrumbar y ésta vez había sido por mi culpa. Todo lo que dijo aquella noche era totalmente cierto, como siempre. Ya he olvidado por qué empezamos a discutir. Supongo que me puse a gritar y ella no pudo aguantar más aquel posado de indiferencia. Entre nosotros las cosas no se sostenían. No era como pelear sin más, sin importancia. Aquella conversación tenía que surgir y yo sólo precipité el momento.

Tenía dentro tanta energía y seguridad que casi nunca lloraba. Al menos no delante de mí. Cuando algo la atormentaba se encerraba dentro de sí misma. Invertía sus sentimientos y los condenaba a la jaula de sus pasiones, escondidos e invisibles para todo aquel que se aventurara a buscarlos. Entonces, impasible y flemática hacía de esas emociones un todo de fuerza y conseguía solucionar sus problemas. Pero yo… Yo me había convertido por méritos propios en un problema que no era capaz de afrontar.

Cuando la conocí ya solía usar esa vieja frase que yo tanto odiaba: no puedo amar sin amor. Se refería y, sólo con el tiempo lo comprendí, a sus miedos. No es que no temiera a nada. Por supuesto, era una chica perfectamente normal con terribles fobias a los insectos; pero, evidentemente, estoy hablando del objeto mismo de sus pesadillas, lo único que le causaba un miedo real y aterrador: la soledad. Sabía perfectamente cuál era la fórmula para sobrellevar la cotidianidad pero no sabía cómo luchar para hacer desaparecer los límites de su alma, los frenos que le impedían amar.

Cuando vino a mí su corazón ya era frágil y estaba muy malherido. Durante muchos años estuvo perdidamente enamorada de aquel gilipollas del café. Su historia con él había sido como una de esas grandes tragedias de la literatura romántica, que como tragedia en sí misma, precisamente nunca terminan bien. Sufrió de amor casi tanto como de desamor. Y ese combate la dejó completamente extenuada. Ella decía que incluso vacía pero eso no era cierto sólo estaba asustada y su mente había perdido todas las armas de la razón para tratar con el amor, por eso, en realidad, no estaba vacía sólo era muy vulnerable y había decidido que la debilidad era algo que nunca más se podría permitir.

Yo lo sabía aquella noche y lo había sabido siempre. Se quedó dormida en mis brazos cuando cansada de llorar su cuerpo no pudo soportar más el dolor y exhausta se rindió.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Diario del Viajero (las pesadillas de Morfeo)




Angélica me ha acompañado a visitar la exposición de aquel fotógrafo tan lunático. Todas las imágenes intentaban cantar las glorias de la maternidad, ya en familias campesinas (como irónicamente manda la tradición clásica), ya en recargadas mascarillas de famosos personajes contemporáneos del mundillo.
Conociéndola, ella hubiera despreciado éstas últimas. Decía que la sencillez de las primeras versiones de Feuerbach era la única capaz de inmortalizar el verdadero espíritu de una mujer y que las fotografías posmodernas de jóvenes ociosas, huecas y despreocupadas sólo conseguían retratar la obsesión de los artistas por las tendencias escapistas de esas mismas musas.
Danielle era, tal vez, como la musa que inspiró el retrato de la mujer de Moreau; esa que recoge con veneración de las aguas del Ebros la lira y la cabeza del desgraciado Orfeo (una gráfica caricatura de mi mismo). Angélica, en cambio, era reflexiva, fría y sistemática, más próxima, probablemente, a la antítesis que extirpa la esencia de las desvestidas del desayuno de Manet. Era, sin embargo, la única que nunca se había apartado, totalmente, de mi lado. El tiempo y la paciencia habían hecho de nosotros un pintoresco dúo.
Las largas caminatas por el Barrio Gótico me devolvían cierta serenidad y refrescaban mis constantes hasta devolverme a la vida insuflado de realidad. Sentados en el Caelum del Pi, le he desvelado a Angélica los entresijos del sueño que tuve la noche anterior. No esperaba nada de ella más que un estricto análisis de mi turbadora situación y es lo que precisamente he obtenido: “si no renuncias a su recuerdo él mismo te matará”. Después de la sentencia ha seguido anunciándome lo que para ella era un breve de alentadoras noticias: “He conseguido recomendar tu trabajo a un par de editoriales y están muy interesados en leerlo”… “Luca, ¿me estás escuchando? No se, como después de tantos años sigo aguantando tu asquerosa impasibilidad”.
No es que no la escuchara, había aprendido a hacerlo con atención, pues en una época, ella, mi agente, había sido la única capaz de encauzar hacia buen puerto mis excentricidades. Es sólo que, al perder a Danielle, no sólo arrancó una parte de mi mismo, sino que se llevó consigo el saco de mi creatividad. Además, me sentía extraño al compartir con alguien, aunque fuera Angélica, mis miserias y más aún, expresarlas en voz alta me descolocaba. Por lo que estando allí, sorbiendo lentamente el café, era justo eso lo único que de mi quedaba en la cafetería, lo demás volaba muy lejos. Como ella, cuando al entregarme su cuerpo y con él la posibilidad de nadar en todos sus sabrosos placeres, dejaba el resto de sí misma en el quicio de la puerta, fuera, muy lejos de mi habitación.
Es fácil intuir que deseé tenerla. Sin embargo todas sus acciones rubricaban un amor por su libertad que excedía con mucho el valor que pudiera conceder a cualquier otra cosa, incluso a mí. Es más, creo que era esa libertad la que había moldeado cada uno de los rasgos de su poderosa identidad. ¿Quién era yo, entonces, para querer tan siquiera robar un poco de sí misma?

Al salir llovía, yo ya lo sabía y aún así, había preferido dejar el paraguas en casa, exigía que la lluvia me hiciera un poco más real las imágenes de la noche anterior. Al verla allí sentada, empapada, su rostro se me hacía tan cercano, tan fácil de acariciar y de besar. En ningún momento creí estar soñando, ni siquiera al despertar.
Los zapatos encharcados hacían más difícil el regreso a casa y eso me enfurecía.He echado a correr iracundo, como alma que lleva el diablo. Al llegar a la parada del autobús, solo, he comenzado a gritar: ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? He subido a mi despacho. No había querido volver a casa, necesitaba alimentar la memoria. Y así, recostado sobre el cristal de la ventana he cerrado los ojos y empezado a imaginar: Veía como se alejaba de mí, lentamente, callada, sin dejar de mirarme. El viento arropaba su vestido y se le ceñía al pecho. El pelo mojado y revuelto caía dulcemente sobre sus hombros. La ropa se pegaba a su cuerpo como si Teonio Mendez hubiera volcado toda su gracia sobre ella, como si haciéndola estatua la hubiera convertido en una Niké alada que había descendido del cielo para hacerme pecar.

Diario del viajero (Los pecados de Calderón)


Al despertarme sentí las manos escarchadas. Aunque me sabía exánime y sin aliento, sentía como esas mismas manos yermas asían la almohada con fuerza, acercándola a mi rostro, intentando encontrar en el frío las huellas de un aroma familiar. Del otro lado de la cama, la nada me sonreía burlándose de mi patética persona.

Ayer volví a verla.

Mi despacho está tan vacío como yo. Sobre la mesa, cientos de papeles perennes que me resisto a ordenar. Las estanterías vacías, también, quietas y majestuosas en el papel del narrador que explica al tiempo la historia de un romántico traicionado por el más cruel de los tiranos, su propia existencia. La Historia de aquel que decidió desertar para siempre del amor y rescribe los verbos del pasado una y otra y otra vez. Cuando se fue, decidí esconder todos mis libros en el desván; al mirarlos soñaba su imagen en aquella misma habitación. Luces traviesas que interferían sobre mi escritorio para fotografiarla desnuda, ojeando imperturbable alguno de ellos, como si ni el mayor de los estímulos pudiera pinchar su alma para alterar aquel estado.

El cielo de esta ciudad llora, siempre, con preaviso. Con los años he aprendido a leer de las sombras los mensajes que oculta Barcelona. Anoche, las nubes se me antojaron un lienzo inacabado; la obra de un artista que las había dotado de una poética oscuridad… como personificándolas en capricho. Y, así, jugando a confundirme, empezaron a temblar silbando una estruendosa cantinela de rayos y truenos.
Siempre soy el último en abandonar el Instituto. Ni siquiera cuando el marmóreo hombre de Rodin que reposa sobre la cartela, deja de pensar y, cansado, empieza a bostezar. En casa me espera la soledad. Cuando llego ha preparado la cena, un manjar distinto cada vez con el que envenenar mis noches. A veces sabor a dolor; las mejores, sólo silencio.

La Calle donde está el Instituto es una de las pocas que aún conserva farolas modernistas. Al pensarlo, se me ocurre una gilipollez: Barcelona se ha confabulado con ella para torturarme, para no permitirme arrinconar en la pared del olvido todo lo que significó el arte una vez, hace ya mucho tiempo. La tormenta hizo estragos sobre un par de ellas que se apagaron de repente, devolviéndome a éste mundo de súbito, sin estar aún preparado. Me levanté para contemplarlas a través de la ventana pero, entonces, algo aguijoneó mi corazón; como si Marcos, el viejo guarda de seguridad, poseído hubiera irrumpido en mi despacho para clavarme un punzón en las costillas. Después de frotarme los ojos y recolocarme las gafas experimenté, por un solo instante un miedo hasta aquel momento desconocido. Abajo, junto a la parada del autobús, estaba ella, vestida de negro, calada… aguardando algo, tal vez a alguien. Una camioneta pasó demasiado cerca, empapando sus pies descalzos. Sin inmutarse se sentó. Al correr escaleras abajo, me maldecía a gritos por no poder dejar de fumar y, al mismo tiempo, notaba que mi diafragma se servía de esfuerzos sobrehumanos para hacer.

Estaba tan cerca… pero mis piernas no avanzaban, mi voz maldecida, luchaba desde dentro por hablar pero no encontraba palabras. Lloré en silencio y me desplacé en sigilo hasta quedar a pocos centímetros de su espalda. Ella seguía observando el cielo sin reparar en nada más. De repente como si mi presencia hubiera dado alas a mi callada voz, giró el cuello, me miró fijamente y sus ojos penetraron en lo más profundo de mis miedos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Diario del viajero (El Barco de las flores)


Siempre que se acercaba al gramófono desechaba rápidamente algunos de los discos; decía que las canciones de amor aletargaban el corazón y emborrachaban su lujuria. Volvía entonces el cuello sutilmente, interpretando una desidia cuidadosamente estudiada, recorría furtivamente el título de todos los anversos y sus ojos rebotaban siempre, como entrenados, hasta la selección británica. Rozaba despacio la cara más cercana del ejemplar, como temiendo alterar con el sólo roce alguna de las vibraciones inscritas en él. Se había convertido en un tesoro, una reliquia que albergaba los secretos más profundos de un tórrido y oscuro tiempo: un desgastado disco de Oasis.

Tras colocarlo se detenía unos segundos para mirar. Ni un solo día he dejado de adorar aquella cara de ingenuidad. Su mirada parecía no comprender cómo aquel instrumento era capaz de reproducir una voz humana que contuviera en sí misma los misterios de tanto pasado. En realidad, siempre he sabido que el sonido la paralizaba, las primeras notas hacían de ella un ser vulnerable, inmóvil, incapaz de reaccionar. Deslizaba las yemas sobre la gaveta para comprobar que los vestigios de su Historia permanecerían a salvo por lo menos un día más. Al volverse hacia mí me observaba; sus labios herméticos parecían absolverme y, a la vez, hacerme responsable de custodiar aquella estantería. Su actitud era tan elegantemente abrumadora que en esos instantes no podía evitar pensar que si me atrevía sólo a negarme ella recogería metódicamente sus cosas y me abandonaría no sin antes prenderme vivo.

No sé que fue de aquella nevera. Era cuadrada, pequeña, azul y perfecta. Recuerdo que al comprarla deseé colocarla en un sitio visible, para que todo el mundo pudiera disfrutar de su autoridad, de la evidencia del frío que precedía al primer contacto. Resultó ser la novia ideal de una vieja cómoda. Viviendo ambas su amor justo en una esquina de mi salón. Nunca, sin embargo, hubiera llegado a amar aquella extraña disposición de no ser porque formaba parte de su sistemática rutina. Caminaba balanceándose al son de la música, conmoviendo su cintura de un modo que retorcía mi desenfreno. Se contoneaba como una emperatriz romana soberbia, mesándose el cabello, incitándome a suplicar me concediera licencia para besarla y desnudarla. Hubiera vendido la razón sólo por perderme en medio de tanta arrogancia y lo único que hacía era recostarme nervioso, incapaz de hablar, mudo y prisionero de aquella belleza.

Al tomar una de las cervezas se dejaba caer sobre la cómoda. Parecía no calcular la posición pero cruzaba las piernas en la medida de una peligrosa seducción. Dejando jugar, únicamente, a la intuición. Me miraba sopesando cuánto estaba dispuesto a apostar esa noche. A menudo me echo a reír pensando en el valor de aquella nevera. Funcionaba tan bien que el frío de la cerveza hacía que todo su cuerpo se estremeciera y las gotas que caían se deslizaban sobre su pecho como osando profanar el prohibido contacto con su piel.

lunes, 22 de septiembre de 2008


El estilete de Goya deslizándose para dibujar una pesadilla. Un Capricho.

Un día me preguntaron por qué identifico mi alma con ese mismo aguafuerte, obra del Maese de Lucientes. No tuve una respuesta concisa para ello.
Sin embargo, el Manuscrito autógrafo de Goya del Prado otorga la siguiente explicación a la estampa: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”.
Puede que ello, en realidad, despiste y extravíe nuestro entendimiento en el mar de un significado más moralizante que encubriera algún otro (a mi parecer) más arriesgado para el autor; pero esto jamás podré saberlo como tampoco puedo dar una respuesta categórica que justifique porqué, en ocasiones, siento mi cuerpo desfallecer como el del grabado, como si no pudiendo oir el grito de la razón, para mi todo fueran visiones.

martes, 2 de septiembre de 2008

Debate sobre Dios (Tercera parte)


Al ángel insumiso.

Me he despertado para hablar de algo. Tu verdad, que implica nuestra no existencia más allá de la muerte ¿es en realidad una verdad?
Un viejo conocido nuestro, L. Wittgenstein, decía que tenemos que remitirnos al error y buscar su fuente para hallar, entonces, la verdad. Ante todo, como sabes que me gusto de hacer, debemos bracear en la duda. Adoro la forma en que reduces tu inclinación a algo que es plausible para otros hombres y mujeres que piensan/creen en aquello que tu mismo piensas/crees. Sin embargo, para mí, el primer estado es siempre la indecisión.

Dios no es una única proposición. Pertenece a un sistema de proposiciones más extenso, la complejidad de cual, tal vez, sólo pueda explicarse por el uso para el cual se destinó. En este punto estamos de acuerdo. Consideremos ese uso como un motivo para evitar a los hombres el miedo a la muerte o para contentar su necesidad de fe en algo superior que les otorgue la posibilidad de afrontar dicho miedo (temor a la expiración de su existencia). Una vez considerado, es ciertamente posible creer que el origen de dicha proposición fuera ese; yo lo creo. No obstante, y una vez ya lanzado el enunciado (no me refiero a los orígenes del cristianismo sino que me remonto a asirios, sumerios y babilónicos, por contar ya, todos ellos, con un extenso panteón de Dioses), aún tengo otra pregunta.
Si establecemos la no-existencia de Dios como una proposición a demostrar, y aún encontrando pruebas suficientes de su veracidad ¿alguien es capaz de afirmar, que en esa misma justificación ha incluido todos los parámetros y variables existentes? En consecuencia, lo que creo es que, indistintamente, resulta imposible argumentar ambas verdades (la existencia o la no existencia de Dios) y ante esta situación cada cual es libre de elegir una, otra, o renunciar a plantear a) y b).
Al tomar la no existencia de Dios como un axioma, entendiendo por axioma una proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración, sirves en bandeja de plata nuestras desavenencias al respecto de dicho pensamiento: para mí, la existencia de Dios forma parte de un Sistema mayor de Proposiciones; y éste se constituye a partir de muchos principios fundamentales, a priori indemostrables, que conforman la teoría. Mi incapacidad para demostrar dichos principios no anula mi fe.
La fuente del pensamiento humano es tan rica en diversidad en todos y cada uno de los individuos que, me resulta bonito convivir con esa variedad. Así, podemos reír, viajar y vivir en consonancia, porque pensar diferente es lo que, entre muchas otras cosas, fomenta la atracción entre unos y otros. Y en ocasiones ¡qué atracción!

lunes, 1 de septiembre de 2008

El rostro de la incertidumbre


¿Podemos conocer la verdad? ¿Existe algún enunciado irrefutable del que podamos tener una certeza absoluta?


Me temo que los parámetros en los que se mueven mis acciones son, con poco, de lo más cuestionables. Y aún así, la sensación de sentir que es posible declinar la oferta de creer que mente y materia son siempre uno en sus percepciones, indivisibles, me invade como si hubiera nacido conmigo, como si fuera una parte inherente de mi, algo de lo que no puedo rehusar.
Renuncio a pensar que después de mi muerte no hallaré confirmación, certeza…verdad, sobre la abstracción a la que, ahora, sólo mi mente es capaz de dar forma.

Las palabras no siempre formulan la verdad. Y no lo hacen por la transmisión de una mentira, sino porque, quizá, la verdad en sí misma no existe. Puede, pues, que la muerte se lleve consigo mi cuerpo, más aún, mi alma; pero mis creencias y mis ideas prevalecerán por siempre, mucho tiempo después de que yo deje de existir y todo sin que jamás queden plasmadas por escrito en un papel o en una acción. Sobrevivirán a los tiempos por el recuerdo de los que vendrán.
Por ello lo único que deseo en esta vida es lograr ejercer sobre alguien (sólo necesito a una persona), la influencia necesaria para que cierto día, en cierto lugar produzca en sí misma la reminiscencia de algo que dije o pensé cierto día, en cierto lugar.

domingo, 31 de agosto de 2008

No quieras volver a preguntarme


Al menos dame una; palabra con la que afrontar mi naturaleza heterodoxa porque ando sobre ascuas, como vendida…
Me gustaría cultivar una fortuna pero no de dinares sino de estímulos, de pinchazos culturales y artísticos. Descubrir la genialidad de los que me aguardan de dosis en dosis, como una sucesión de fotogramas para poder volver a revisarlos cuando llegue a vieja. Cansada, contenta y arrugada.
Cantar el secreto de una tribu y reversarlo al mundo al modo: de ethnos, pueblo, de grapho, “yo escribo”. Que los elementos no me juzguen por querer intentarlo.
Pero al buscar en mi interior lo veo todo como a través de una bola de cristal: mis instintos se vuelven convexos pero nunca llegan a tocarse. Y a mi alrededor hay tanto futuro ajeno que es como si el mío se hubiese sometido a sorteo, y el mañana afortunado haya decidido tirar el boleto.
Tú puedes ser lo que quieras, que yo siempre me limitaré a posibilidades. O alguien me ha vendado o algo está evitando que yo disfrute de esa claridad, de la misma, de la que se sirven todos los demás.
Tal vez, es, sólo, que a las mujeres como a mi nos intimida el mundo.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Escribo en clave de barquero para Don Perfecto


Me gusta deslizarme por el borde, llorando cada desencuentro con el peligro. Rozando lo intocable.
Este mes vivir al límite serán 1500 euros. Por encima, (y “encima” es una palabra que me encanta porque está muy afectada por las cosas que se superponen) o eres una empresa o ideas una red de contrabando de cupones (lo que no deja de ser una sociedad –ilícita- más, pero, sino, sin embargo) para amortizar el riesgo en unos tres o cuatro años.
Pues, aunque otros suban, yo siempre sigo dando más por tu dinero. “Ronny’s entertainment”, un matute.S.L. No. Un paraíso del juego, Las Vegas pura sangre catalana.

Hoy me he despertado con ganas de beso a tres bandas, o a tres aguas, que en voZ estética suena mucho más melódico. -Ya he previsto anunciar, con la suficiente prudencia previa, mi naturaleza expuesta y enredada-. No me duelo de morbosidad.
- Paso 1: café.
- Punto 2: cigarro.
- Tercera apetencia matutina: ósculo inmaculado en tres bocas, de la primera a la segunda y tiro porque me toca.

No ha sido un lapso sexual de siete líneas; para mí, economía y placer se aúnan estrechamente (como se une todo lo que merece la pena unir). No, no soy rarita (rarita como sinónimo de pervertida). Ni compro cuerpos ni vendo deseos. Pero sí creo en el dinero como marchante de ocasiones, lugares y accidentes.

Este mes andaré entonando cantilenas de vaux de Vire. Seré un juglar de Vaudeville con dramas risibles, fútiles y picantes; todo muy ligero, sólo 2000 Kc., la ración, que diga, canción. Con mis últimas monedas compraré un laúd y arreglaré piezas estróficas, para obtener la fama que sólo proporcionan los buenos bordones y cuando a Dorneval y a mí nos persigan recurriremos al subterfugio de hacer cantar nuestras coplillas satíricas sobre ésta, la Sociedad del Capital, a otros menudillos cantores de oficio.

Nota mental: Domingo 32/13/8002= hacer el amor en un catre de oro y bañarme en sal de diamantes.

lunes, 18 de agosto de 2008

Piensa en verde

Por los ahora de hoy y los después de entonces. Yo digo: me voy ayer y volveré mañana.
150 millones de personas en el mundo dependen de la supervivencia de los Bosques Primarios y a nosotros nos encanta la explotación forestal, minera… la construcción de embalses y carreteras, etc, etc, etc. Todo eso es perfecto dentro de un planteamiento industrial del siglo XXI; el problema surge cuando un niño indígena llora delante de la destrucción de un ecosistema porque ve la muerte en primera persona y no va vestida de verde sino de un negro color petróleo.

El discurso sobre la reorientación de los hábitos de consumo queda descaradamente creíble en voz de los políticos pero ¿qué hay de la conciencia individual? Sí, ya sé que soy la primera que debería hacer examen exhaustivo de sus usos y principios. Es sólo que, de vez en cuando, tomo la palabra en voz de un pequeño tez morena, ojos aceituna, orejas perforadas y rostro tatuado y toda esta alocución brota desguarnecida de una gnosis personal y fundamentada donde apoyarla. Es que, a pesar de que los antepasados de mi joven amigo hayan habitado la selva desde mucho mucho antes, de ese antes que ni los más viejos logran ubicar, nadie les concede jamás el derecho de intervenir en algo tan ínfimamente irrelevante como una decisión que lleva a su desalojo.

Siete es el número mágico esta noche, porque siete son los últimos grandes Bosques Primarios del Planeta:
- Bosque Tropical amazónico.
- Jungla del sudeste asiático.
- Selvas tropicales de África central.
- Bosques templados de Sudamérica.
- Bosques primarios de Norteamérica.
- Últimos bosques primarios europeos.
- Bosques de la taiga siberiana.



























Para más información: 649785229. Atención verde, muy muy primaria y personal las 24 horas del día.

martes, 12 de agosto de 2008

Spam nuclear


Permitidme la ironía sobre una cuestión sumamente seria.


Cristo avisó a la humanidad en 1984 a través de su profetisa Gabriele: “El corazón de la Tierra, los mares, está contaminado por la fuerza atómica. Los ríos y lagos están sucios. La basura atómica se deposita en la tierra y en los mares. ¿Qué sucede entonces? Los mares se calientan más y más, las fuentes subterráneas se contaminan; de nuestra madre Tierra irradian incrementadamente mercurio y plomo y los mares están en ebullición. Los casquetes se derriten y el sistema circulatorio del mundo se recalienta…”
Hablemos del fondo del mar. ¿Se muere? Probablemente. Pero esto es por la ineludible necesidad de combatir con una actividad de 85 billones de “becquerels”. No es pecata minuta… se trata del equivalente a la radiación de cesio y estroncio que se produjo a raíz del catastrófico Chernóbil…
Echemos un vistazo al Atlántico. ¡Vaya! ¡250.000 barriles escondiditos y algún que otro reactor nuclear completo con el que juegan unas sirenas! UFF menos mal que es radioactividad ligera. Qué bonito, cuando de las cosas se puede hablar en términos medios; así nadie se asusta.
Vero, te van a meter en la cárcel por decir mentiras niña mala: ¡El depositar residuos nucleares en los océanos se terminó oficialmente en 1993! ¡Dejadme en paz! Yo sólo digo que medio siglo de producción de armas en USA dejó docenas de millones de metros cúbicos de residuo nuclear de larga duración.
Pues que miedo, entonces, si me refiero a los daños ambientales de mi querida antigua Unión Soviética. Qué lástima que la lengua me queme porque… El territorio del curso superior del río Obi en Liberia occidental es la región más radioactiva de toda la Tierra.

A Yuschenko no lo envenenaron, es que aún sufre de Chernóbil… Conciencia por favor.

sábado, 9 de agosto de 2008

Órdago a grande, a chica, a pares y a juego si hay


Nunca sabes cuando, al despertar, lo primero que verás tras los cristales serán contenedores en llamas, patatas en forma de barricada y una estrella roja en el cielo. Por esto, es conveniente dormir siempre dispuesta y preparada.
El color lila siempre ha sido mi preferido por ser una variante que pinta esta España en tono republicano. Pero esa bandera con la que sueño se me antoja tan lejana… tal vez en mi lecho de muerte consiga ver este país levantado en armas. ¿La norma suprema del Estado no decía eso de “todos somos iguales ante la ley”? porque yo aún estoy esperando que me mantengan…
A luchar hermanos, a luchar.